jueves, 8 de julio de 2010

Las éticas del espionaje

Por. Manuel Ballesteros Romero


En nuestro país, pareciera que los valores que defiende el derecho y los que defiende la comunidad nacional son diferentes. Por ejemplo, la comunidad parece reclamar a gritos que se elimine la prohibición de invasión a la privacidad porque la necesitan como herramienta para perseguir la infidelidad. En estos días veía la conferencia donde unas señoras aplaudían en apoteosis la complicidad de un sacerdote que vindicaba a gritos la astucia de las señoras al utilizar la técnica de revisar a escondidas el historial de llamadas en el celular para ver si descubrían indicios de infidelidad. Es claro que la norma religiosa defendida por el sacerdote y la conducta de su feligresía, van en contravía de los valores constitucionales, conforme a los cuales la correspondencia y demás formas de comunicación privada son inviolables y prevalecen sobre el derecho a la información. Para el sacerdote y sus prosélitos, verificar si ha cometido o no el pecado de la infidelidad, justifica y hace plausible el delito de espionaje.



Pero el asunto va más allá de los curas y sus devotos. Las grabaciones ilegales de las conversaciones privadas han mostrado nuestra ética ambivalente; pero el debate sobre las “chuzadas” ha captado tanto público que no ha quedado auditorio para el debate sobre la ética, que abandonada languidece, dando paso a unos nuevos valores que privilegian el oportunismo noticioso.



pareciera que hay dos tipos de interceptaciones ilegales, una que es mala y merece el reproche social, la otra que es buena y encomiable. Lo bueno o malo tiene respaldo en dos discursos axiológicos frente a las “chuzadas”, discursos que no son caprichosos, sino que tienen sustrato ontológico. En todo caso el asunto es delicado y la arista que divide ambos tipos de casos es muy fina, pero no imperceptible. ¿Cómo saber cuando una interceptación ilegal es mala y merece el reproche o es buena y por lo mismo destacable? Hay al menos dos formas de saberlo con claridad. En primer lugar, si se intercepta una comunicación y el contenido es trivial, como escuchar a los magistrados ordenar pizza para la comida, entonces esa acción constituye un hecho reprochable, tan grave que debe ser castigado con cárcel y en cuya condena se unen los editoriales y columnistas de todos los medios de comunicación. En cambio, si lo que se escucha no es insulso, y en cambio, lo que dicen los interceptados sirve para lapidarlos a ellos mismos ante la sociedad (aunque no sirva como prueba judicial por su ilegalidad), entonces la interceptación es plausible. Una segunda forma de saber si la interceptación es o no deplorable, consiste en ver qué constituye la noticia. Si la noticia es la interceptación, como acción, y no la comunicación escuchada, entonces es un crimen abominable; en cambio si los medios divulgan la conversación obtenida como consecuencia de la interceptación y no la interceptación misma, entonces la interceptación deja de ser noticia y por lo mismo deja de ser mala y se hace plausible, porque ha servido como fuente noticiosa. Si no entendemos la diferencia, creeremos que los medios se contradicen, porque un día atacan las chuzadas y otro día presentan el contenido de una chuzada como primicia. Desde el punto de vista jurídico se podría decir que un día la prensa denuncia la chuzada como un delito y otro día se sirve del fruto del delito como fuente noticiosa. Es la ética de: “el fin justifica los medios”. Pero los asuntos de espionaje, ya sabemos, no son sólo un problema de los medios, como se dijo, es también aplaudido por la iglesia, y no es reprochado por la comunidad.



La opacidad con que se han manejado esas aparentes contradicciones éticas es brillante, pero el asunto no es tan nuevo. Contradicciones similares vivimos, cuando frente a la guerrilla se crearon grupos “paraestatales” que pudieron ser “parasociales” y donde afortunadamente el discurso jurídico no siguió el derrotero de la comunidad, aunque si lo siguieron muchos funcionarios judiciales. Frente a la dosis personal, se estuvo de acuerdo en que cometía delito el que la vendía, pero no quien la compraba. Nos pareció escandaloso que una reina de belleza recibiera unos cientos de millones de pesos como subsidio agrícola, pero nos pareció astucia en los negocios que alguien, con más información de la que da el mercado (lo que sería delito en una economía capitalista), obtenga miles de millones de lucro, porque supo, con información privilegiada, con mas de un año de anticipación, donde quedaría una zona franca. Nos parece plausible que los medios de comunicación tengan, y vociferen como primicia, las grabación de una conversación sobre coimas entre funcionarios del Estado, y que oculten la fuente como si con ello no se convirtieran en cómplices de un delito, pero no reprochamos porqué esos mismos medios no tenían la grabación donde el ejercito le disparaba a la minga indígena, cuyo recorrido era de cubrimiento permanente y tuvimos que conocer la noticia en un canal internacional. Por eso no nos extrañó tanto, cuando en un delito de cohecho por venta de votos fue condenada quien pecó por la paga y no quien pagó por pecar.

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